La visualización
Memoria de una resonancia craneal un sábado en Madrid
Sábado. Me recoge un taxi a las 10 de la mañana, dirección hospital Ramón y Cajal de Madrid. Objetivo: hacer una resonancia craneal para descartar que la niebla mental que me asola, principalmente entre 7 y 9 de la tarde, el funcionamiento lento cognitivo, el querer decir una palabra y decir otra, y el tardar en pensar la palabra, no sea nada más que estrés, maternidad, sjögren o perimenopausia. Los síntomas se solapan y nadie parece tener claro nada. Agotador. Desolador.
Llego al hospital e inserto la tarjeta sanitaria en las máquinas instaladas en la entrada. Sale un papel con mi cita. Pregunto en información. Seguir línea azul oscura hasta el final, ver 6 ascensores, bajar a la planta -4. Me da sensación de agobio, por no tener cobertura allí abajo, pero llego y veo que, aunque sea la -4, da directamente a la calle. Me siento y me pongo a leer Ventanas de Manhattan de Antonio Muñoz Molina. En paralelo leo consejos que me han escrito en Instagram muchas mujeres sobre sus recientes resonancias. Vaya comité de sabias y de luchadoras. Una amiga me envía un audio. Al rato, me llaman, pregunto cuánto tiempo será aproximado para avisar a mi marido para que salga de casa y nos veamos cerca del hospital con mi hijo, me dicen unos 15 minutos. Escribo un whatsapp: “entro, saldré en unos 15 min”.
Veo salir al señor de antes del donut gigante, con una caja en la cabeza abierta por arriba. Me quedo más tranquila. No será tan claustrofóbico como me había imaginado. No se parece a un atáud. Se parece al donut gigantesco de los TAC.
Me quito la ropa de arriba en una cabina, poniéndome ese camisón horrible de hospital con cordón para atar de detrás hacia adelante.
Llega el turno de acostarme. Me dan un botón para apretar si necesito algo. Me ponen cascos y la caja de la resonancia y me propone, la amable mujer que me ha tocado, que piense en algo bonito para hacer en el fin de semana que se avecina lluvioso.
Yo ya tenía la visualización preparada. Imaginarme que llego a nuestro hotel de Cádiz, a la habitación, los paseos a la piscina y a la playa. Los cafés. La alegría. El ensanchamiento del alma que siento allí. Los atardeceres de fuego. La gratitud. Hago un gran viaje de 15 minutos. Todo sale bien. He estado tan quieta que incluso ha podido hacer alguna secuencia más.
Nos deseamos buen finde. Es amable, muy amable, a pesar de que la escucho hablar con su compañero de la saturación enorme de pacientes que tienen ese día. Primero, amabilidad con los pacientes. Agradecida.
Me visto, salgo del hospital y me voy a celebrar a Caleido que ya está hecho, con mi marido y mi hijo. Desayuno, parque y tirolina.
¿Cómo esperar a finales de abril los resultados? ¿Cómo transitar la incertidumbre? No hay ninguna otra forma que anclándome al presente.
Un breve relato para una resonancia. Y así, cada semana, cada mes, cada año... el periplo de cada prueba, de cada especialista, de cada duda, de cada diagnóstico, de cada incerteza, de cada espera, de cada molestia, de cada etapa buena, de cada etapa mala. Una carga invisible y continuada. Una guerra que nunca termina.
Un abrazo y gracias por leer hasta aquí,
Rocío
P.D: Quiero que seas de las primeras en saber que el sábado 6 de junio, Lucía Gayoso y yo organizamos en Madrid, de 10.30 a 13.30, un encuentro presencial de grupo de apoyo de coaching grupal y charla de nutrición. En breve publicaremos el encuentro. Ojalá podamos vernos y darnos un abrazo en persona.


